El viaje – Cuentos de la Alhambra – Washington Irving


Sierra-Nevada-desde-la-mirada-del-pintor-John-Frederick-Lewis

cuentos-de-la-alhambra-w-irving-editorial-padre-suarez-13548-MLA129342319_2014-FEn la primavera del año 1829 el autor de esta obra, que había venido a España atraído por la curiosidad, hizo un viaje desde Sevilla a Granada, acompañado de un amigo, miembro de la Embajada rusa en Madrid. La casualidad nos había reunido desde regiones muy distantes, y la semejanza de aficiones nos despertó el deseo de peregrinar juntos por las románticas montañas de Andalucía. ¡Si estas páginas llegan a sus manos, ojalá que le recuerden las escenas de nuestro aventurero viaje, ahora esté ocupado en los negocios de su cargo diplomático, o mezclado en el bullicio de la corte, o ya esté abstraído ante las galas de la naturaleza; y ojalá que también puedan traerle a la memoria los detalles de nuestra amena excursión, y con ellos el recuerdo de un amigo al cual ni el tiempo ni la distancia harán jamás olvidar la dulce memoria de su amabilidad y gran valía!

Ahora, antes de entrar en mi asunto, séame permitido apuntar algunos pormenores sobre el aspecto de España y la manera de viajar en este país. Casi todos se figuran en su imaginación a España como una región meridional preciosa, con los suaves encantos de la voluptuosa Italia; pero es, por el contrario, en su mayor parte -si bien se exceptúan algunas de sus provincias marítimas-, un país áspero y melancólico, de escarpadas montañas y extensísimas llanuras desprovistas de árboles, de indescriptible aislamiento y aridez, que participan del salvaje y solitario carácter de África.

Aumenta esta silenciosa soledad la ausencia de las canoras aves, natural consecuencia de la falta de árboles y de pastos; se ven el buitre y el águila revolotear alrededor de los escarpados picos de las montañas, precipitándose al llano, y las bandadas de recelosas avutardas trepar por entre los matorrales; pero esa multitud de pajarillos que anidan en otros países no se encuentran más que en unas pocas provincias de España, y principalmente en los huertos y jardines que rodean las habitaciones de los naturales.

En las provincias interiores atraviesa el viajero de vez en cuando grandes campos sembrados de granos, que verdean de trecho en trecho, tan extensos, que se pierden de vista, y que en otros tiempos estaban yermos y áridos; en vano se buscará la mano que ha cultivado aquel suelo. En lontananza se divisa algún pueblecito situado sobre escarpada colina o agrio despeñadero, semejando murallas desmanteladas o ruinosas atalayas; o bien alguna guarida, en tiempos pasados, fortificada en la guerra civil o contra las correrías de los moriscos, pues todavía se conserva entre los aldeanos de muchas partes de España la costumbre de unirse para la mutua protección, a causa de los robos de los vagabundos ladrones.

Pero aunque una gran parte de España está falta de arboledas y florestas y carece de los encantos del cultivo que engalana los campos, con todo, su conjunto ofrece una noble severidad que está perfectamente en armonía con la manera de ser de los habitantes; y yo me explico mejor al arrogante, intrépido, frugal y sobrio español y su arrojo en los peligros y su desprecio a los afeminados placeres desde que he visitado el país en que habita.

alhambra

Hay algo también en los severos y sencillos paisajes del territorio español que imprime en el alma un sentimiento de sublimidad. Las inmensas llanuras de Castilla y de la Mancha, que se extienden hasta perderse de vista, atraen e interesan por su gran aridez e inmensidad, y poseen en alto grado la solemne grandiosidad del océano. Recorriendo estas vastas llanuras, se divisa por aquí y por acullá algún rezagado rebaño o manada guardada por un solitario pastor, inmóvil cual una estatua, con una larga y delgada vara que enarbola hacia los aires a manera de lanza; o ya una larga recua de mulos marchando lentamente a través de la llanura, semejando una caravana de camellos en el desierto; ya un solo labriego armado de trabuco y puñal y vagando por el llano.

De este modo, el país, los habitantes y las mismas costumbres del pueblo participan en algo del carácter árabe. La general inseguridad de esta región está demostrada con el universal uso de las armas: el pastor en la campiña y el zagal en el llano tienen su escopeta y su navaja, y el opulento aldeano rara vez se aventura a ir a la feria real sin su trabuco, y acaso también acompañado de un criado a pie con su arma de fuego al hombro; y, en general, no se emprende la más pequeña caminata sin todos los preparativos de una empresa guerrera.

Los peligros del camino dan también lugar a un modo especial de viajar, parecido, aunque en pequeña escala, a las caravanas del Oriente. Los arrieros se reúnen y emprenden juntos la caminata en largo y bien armado convoy y en ciertos y determinados días; y, a la vez, algún que otro viajero aumenta el número y contribuye a la general defensa. En este primitivo modo de viajar está el comercio del país. El mulatero es el ordinario medianero del tráfico y el legítimo viajero de la tierra: él atraviesa la Península desde los Pirineos y las Asturias hasta las Alpujarras, la Serranía de Ronda y aun hasta las puertas de Gibraltar.

Vive sobria y duramente; sus alforjas de tela burda constituyen su mezquina despensa de provisiones; una bota de cuero pendiente de su arzón contiene vino o agua, que le da refuerzo a través de aquellas estériles montañas y secas llanuras; una manta de mula tendida en la tierra le sirve de cama por la noche y la albarda de almohada. Su pequeño pero bien formado y membrudo cuerpo indica su vigor; su tez es morena y tostada por el sol; su mirada resuelta, pero tranquila en su expresión, excepto cuando se enardece por alguna repentina emoción; su porte es franco, varonil y cortés, y nunca pasa junto a alguno sin dirigirle este grave saludo: «Dios guarde a usted», «Vaya usted con Dios, caballero».

Como estos hombres llevan constantemente toda su fortuna entregada al azar en las cargas de sus acémilas, tienen siempre sus armas a mano, colgadas de los aparejos y prontas para poderlas coger en alguna desesperada defensa; pero, como viajan reunidos en gran número, se hacen temibles a las partidas de merodeadores, y el solitario bandolero, armado hasta los dientes y montado en su corcel andaluz, anda recelosamente acechándolos, como el pirata que persigue un barco mercante, sin tener valor para dar el asalto.

Los arrieros españoles

Los arrieros españoles

Los arrieros españoles tienen un inagotable repertorio de cantares y baladas, con las que se entretienen en sus continuos viajes. Sus aires musicales son severos al par que sencillos, y consisten en suaves inflexiones; cantan en alta voz y sostienen el canto modulado cadencias, sentados a mujeriegas en su mulo, que parece escucha con pausada gravedad y a la vez guarda con el paso el compás de las cantinelas. Las coplas que cantan son casi siempre referentes a algún antiguo y tradicional romance de moros, o a alguna leyenda de un santo, o de las llamadas «amorosas»; otras veces -y esto es lo más frecuente- entonan una canción sobre algún temerario contrabandista, pues el bandolero y el bandido son héroes poéticos en España entre la gente baja.

Ocurre a menudo que los arrieros improvisan en el acto coplas, inspirándose en algún paisaje que se les presenta o sobre algún incidente del viaje; esta vena fácil para componer e improvisar es característica en España, y, según se dice, heredada de los moros. Se siente, pues, una mezcla de severidad y encanto al oír estas estrofas en los agrestes y salvajes parajes en que se modulan, y más yendo acompañadas del especial retintín de los campanillos de las mulas.

Ofrece también el cuadro más pintoresco una banda de arrieros atravesando por el paso de una montaña: primero se oyen los campanilleros, que turban con su monótono sonido el silencio de la elevada cumbre, o acaso la voz del mulatero arreando a alguna perezosa o rezagada bestia, o bien cantando con toda la fuerza de sus pulmones algún romance tradicional. Otras veces se ve una recua al borde de un horrible desfiladero, o descendiendo por agrias pendientes, de tal modo que parece destacarse de relieve en el firmamento, o bien caminando junto a terribles precipicios que se abren bajo sus pies.

A medida que se acercan las bestias se van distinguiendo sus vistosos arreos de cáñamo bordado, sus penachos y sus mantas; y al pasar por nuestro lado nos hace recordar la poca seguridad que ofrece el camino su inseparable trabuco pendiente de los fardos y de las mantas.

Cuentos-de-la-Alhambra

El antiguo reino de Granada, del cual estábamos ya a muy corta distancia, es una región de las más montañosas de España. Vastas sierras desnudas de pastos y arboledas y formadas de variados mármoles y granitos elevan sus crestas sombrías y negruzcas hasta la región de los cielos; pero en sus rugosos senos crecen fertilísimos y verdes valles, luchando por dominar en ellos la aridez y la vegetación de tal modo, que la misma piedra viva se ve obligada a producir higueras, y el naranjo y el limonero crecen junto al mirto y el rosal.

En las escabrosas laderas de estas montañas la perspectiva de ciudades y pueblecitos amurallados, construidos a manera de nidos de águila suspendidos entre las rocas y rodeados de moriscos baluartes o cuarteadas ciudadelas, nos lleva a remontarnos con la imaginación a los caballerescos tiempos de las guerras entre moros y cristianos y a la romántica lucha por la conquista de Granada. Al atravesar estas elevadas sierras el viajero se ve obligado a cada paso a echar pie a tierra y guiar sus caballos por las laderas y rápidas subidas y bajadas de aquellos cerros que semejan los desiguales peldaños de una escalera.

En ocasiones, el sendero va serpenteando junto a horrorosos precipicios, sin parapeto que lo ponga a salvo del tajo que se mira en lo profundo, y después desciende hacia los hondos abismos por oscuras y peligrosas bajadas. Otras veces, al través de accidentados barrancos, carcomidos por los torrentes del invierno, atraviesa la oculta vereda de que se sirve el contrabandista, sin contar con que de cuando en cuando aparece alguna fatídica cruz, en memoria de algún robo o asesinato, erigida sobre un montón de piedras en un sitio solitario del camino, la cual advierte al viajero que se encuentra en medio de las guaridas de los bandidos, y acaso en el mismo momento de ser acechado por algún oculto bandolero.

También otras veces, al cruzar por un angosto valle, se ve uno sorprendido por un ronco mugido; y pronto divísase por encima del prado que tapiza la falda de la montaña una vacada de bravos toros andaluces, destinados a ser lidiados en la plaza. Yo he experimentado -si así puedo decirlo- un agradable horror contemplando muy de cerca estos temibles animales, dotados de tremendo poder, rebuscando sus gratos pastos, y en estado salvaje, pues casi nunca han visto la gente, ni conocen a nadie más que al solitario pastor que los cuida, y aun a veces él mismo no se atreve a acercárseles. El ronco bramido de estas fieras y su aire amenazador, cuando miran abajo desde la elevada roca en que se hallan, añaden fiereza a los salvajes contornos del paisaje.

Me he entregado maquinalmente, y con más detenimiento de lo que yo me proponía, a hacer estas consideraciones sobre las fases generales que presentan los viajes por España; pero hay tal poesía en los dulces recuerdos de la Península, que se siente dulcemente arrebatada la imaginación.

Era el 1 de mayo cuando mi compañero y yo salimos de Sevilla en dirección a Granada; lo habíamos dispuesto todo para hacer nuestro viaje por sitios montañosos, pero por caminos un poco mejores que las primitivas veredas de los mulos, sin contar el que están frecuentemente visitados por los bandidos. Lo de más valor de nuestro equipaje se había enviado delante con los arrieros, llevando solamente con nosotros lo necesario para el viaje y el dinero para los gastos del camino, con un suficiente sobrante de esto último para satisfacer la codicia de los ladrones, si por desgracia nos asaltaban, y para librarnos de los duros tratamientos que sufre el indefenso viajero que es demasiado confiado.

Nos prepararon un par de resistentes caballos de alquiler, y además otro tercero para nuestro sencillo equipaje y para que sirviese a la vez a un robusto vizcaíno, mozo de unos veinte años de edad, que era nuestro guía por todos aquellos confusos vericuetos y caminos montañosos, el cual cuidaba de nuestros caballos y hacía alguna que otra vez de lacayo, sirviéndonos constantemente de guardia, pues llevaba un formidable trabuco para defendernos de los criminales, y sobre cuya arma nos hizo muchos y pomposos elogios; aunque en descrédito de esta su celebrada herramienta debo consignar que casi siempre estaba descargada y colgada detrás de la silla.

Era, sin embargo, fiel, divertido y de buena condición, y ensartaba refranes y proverbios, como aquel flor y nata de los escuderos, el mismísimo afamado Sancho, cuyo nombre le pusimos; y como buen español -aunque le tratábamos con la familiaridad de compañero- nunca, ni aun por un solo momento, traspasó los límites del decoro debido, a pesar de su ingénito buen humor.

Así equipados y servidos, nos pusimos en camino en muy buenas condiciones para que fuera el viaje agradable. Pero ¡qué país es España para un viajero! La más miserable posada está para él tan llena de aventuras como un castillo encantado, y cada comida constituye por sí misma toda una hazaña. ¡Quédese para otros el criticar la falta de buenos caminos y de suntuosos hoteles, y de las esmeradas comodidades de un país adelantado y corriente; pero déseme a mí la áspera y escarpada serranía, la vagabunda y azarosa vida del caminante, y las francas, hospitalarias y primitivas costumbres que prestan exquisito sabor a la romántica España!

Nuestra primera velada tuvo cierto tinte agradable. Llegamos, ya puesto el sol, a un pequeño pueblecito situado entre las sierras, después de una penosa marcha por una dilatada llanura sin caseríos, y en donde nos mojamos varias veces por la lluvia. En la posada había una patrulla de miqueletes que andaban rondando aquella zona en persecución de malhechores. La presencia de extranjeros de nuestra alcurnia no era muy frecuente en esta apartada aldea; mi posadero, con dos o tres viejos locuaces camaradas, con mantas pardas, revisaron nuestros pasaportes en un rincón de la posada, mientras que un alguacil tomaba nota a la débil luz de un candil. Como los pasaportes estaban en lengua extranjera se quedaron perplejos; pero nuestro escudero Sancho les ayudó en sus investigaciones y les ponderó nuestra importancia con la grandilocuencia propia de un español.

b1

Además, la espléndida distribución de unos cuantos cigarros nos ganó las simpatías de los que nos rodeaban; y, momentos después, todos los presentes se agitaban a porfía por instalarnos cómodamente. El mismo corregidor en persona vino a vernos, y la posadera trajo pomposamente a la habitación un gran sillón formado con juncos, para el descanso de tan importante personaje. El jefe de la patrulla cenó con nosotros: era un andaluz vivo, decidor y alegre, que había hecho su campaña en la América del Sur; nos contó sus aventuras amorosas y guerreras, con ostentación fraseológica, vehemencia en el gesticular, y con un cierto misterioso entornar de ojos; nos dijo que tenía una lista de todos los ladrones de la comarca, y que se disponía a dar una batida a cada hijo de su madre; nos ofreció al mismo tiempo algunos soldados para escolta:

«Uno es bastante para guardar a ustedes, señores; los ladrones me conocen y conocen a mi gente: la mira de uno solo es bastante para aterrorizar la sierra entera».

Le quedamos altamente agradecidos por su ofrecimiento, pero le aseguramos, con nuestra natural franqueza, que con la custodia de nuestro escudero Sancho no temíamos a todos los ladrones de Andalucía.

Mientras estábamos cenando con nuestro amigo el perdonavidas se oyeron acordes de una guitarra y el ruido de castañuelas, y poco después varias voces cantando en coro un aire popular. En efecto, mi posadero había reunido conjuntamente a los aficionados al canto y a la música y a las beldades del rústico vecindario, y al salir al patio del mesón se presentó ante nuestra vista el cuadro de una verdadera fiesta española. Tomamos asiento, con nuestros huéspedes y con el jefe de la patrulla, en el cenador del patio; la guitarra pasó de mano en mano, haciendo un jocoso zapatero de Orfeo de la función.

Era un buen mozo de sendas patillas negras; llevaba las mangas arrolladas hasta los codos; tocaba la guitarra con magistral destreza y cantaba coplas amorosas, lanzando miradas expresivas a las mozuelas, de quienes era indudablemente el favorito. Bailó después un fandango con verdadero garbo andaluz y con gran satisfacción de los espectadores. Pero de las muchachas presentes ninguna podía compararse con la linda hija de mi posadero, Pepita, que había desaparecido de pronto para hacerse el tocado que el caso requería: se adornó su cabeza con rosas, y se lució danzando el bolero con un bizarro soldado. Dimos órdenes a nuestro posadero para que repartiese vino y ofreciese galantemente refrescos a los circunstantes; siendo de notar que, aunque aquélla era una humilde abigarrada reunión de soldados, arrieros y aldeanos, nadie traspasó los límites de una decorosa alegría.

DQ-B1B-El-Garbaoui-Omayma

La escena era un digno cuadro para un pintor: grupos pintorescos de bailarines, soldados en sus trajes medio militares, aldeanos envueltos en sus parduscas mantas, y no he de pasar en silencio al viejo y flacucho alguacil con su corta capilla negra, el cual no hacía caso de lo que allí pasaba, sino que, sentado en un rincón, escribía diligentemente, a los pálidos fulgores de un enorme velón, digno de haber figurado en los tiempos de Don Quijote.

No estoy haciendo un croquis perfecto, ni mucho menos pretendo bosquejar los variados sucesos de cada una de nuestras jornadas por sierras y valles, barrancos y montañas. Viajábamos del mismo modo que los contrabandistas, tomando cada cosa lisa y llanamente como era, y confundiéndonos con personas de todas clases y condiciones, como unos meros despreocupados vagabundos: el mejor y único modo de viajar por España. Conociendo las miserables despensas de las posadas y los desiertos parajes que el viajero tiene necesidad de atravesar, pusimos todo nuestro cuidado, al partir, en tener bien abastecidas las alforjas de nuestro escudero con provisiones de fiambres y llenar la bota -que era de respetables dimensiones- hasta la boca de exquisito vino de Valdepeñas.

Como estas municiones eran más importantes para nuestro viaje que las de su trabuco, le advertimos que tuviese mucho ojo con ellas y le hago justicia diciendo que su homónimo el mismísimo Sancho Panza no le hubiera podido aventajar en su oficio de administrador despensero. Aunque las alforjas y la bota eran frecuentemente asaltadas con ganas durante el viaje, parecían poseer la milagrosa virtud de no agotarse nunca; y era que nuestro celoso escudero tenía cuidado de guardar lo que quedaba de nuestras cenas nocturnas en las posadas, para suplir nuestras comidas del día.

¡Qué sabrosísimas meriendas hacíamos sobre el florido césped, a la orilla de algún arroyuelo o fuente y a la sombra de algún frondoso árbol! Y después, ¡qué deliciosas siestas en nuestras mantas extendidas sobre la hierba!

Cierto día nos detuvimos a la caída de la tarde, para regalarnos con una merienda de esta clase, en una agradable pradera tapizada de verde y rodeada de colinas cubiertas de olivos. Se tendieron numerosos coberteros sobre el musgo y bajo un álamo próximo a un delicioso arroyuelo, y se ataron los caballos donde pastasen la hierba. Sancho presentó sus alforjas con cierto aire de triunfo, y en ellas los sobrantes de cuatro días de camino, y además notablemente enriquecidas con los acopios hechos la tarde anterior en una rica posada de Antequera. Nuestro escudero iba sacando uno por uno su heterogéneo contenido, y parecía que aquello no iba a tener fin.

Primero una pierna de cabrito asada, casi sin haberla tocado; luego una perdiz entera; seguidamente un gran trozo de bacalao en salazón, liado en papel; después los restos de un jamón, y, por último, media gallina; todo ello junto con algunos panecillos y una carga de naranjas, higos, pasas y nueces. Su bota había sido repuesta con excelente vino de Málaga. A cada nueva aparición de su despensa gozaba con nuestra cómica sorpresa, tirándose de espaldas sobre la hierba y reventando de risa. De nada gustaba tanto el sencillo muchacho como el ser comparado -por su afición a guisandero- con el celebérrimo escudero de Don Quijote. Estaba muy ducho en la vida del «caballero andante», y -como el pueblo bajo de España- creía firmemente que era una historia verídica.

-¿Hace mucho tiempo que sucedió eso, señor? -me preguntó cierto día con mirada investigadora.

-Ya hace mucho tiempo -le dije.

-¿Se puede decir que hará más de mil años? -añadía mirando todavía con aire de perplejidad.

-Yo te aseguro que es lo menos.

El escudero quedó convencido.

Cuando estábamos dedicados a la refacción antes citada y divirtiéndonos con las bufonadas de nuestro escudero, se nos acercó un pobre mendigo que tenía cierto aspecto de peregrino. Era un anciano con la barba muy encanecida, y se venía apoyando en un cayado, aunque la vejez no le había encorvado todavía; era alto, esbelto y conservaba vestigios de haber tenido hermosas facciones; cubríase con un sombrero calañés y traía zamarra y calzones de cuero, polainas y sandalias. Su vestido -aunque viejo y remendado- era decente y su porte muy noble, y dirigiose a nosotros con esa grave cortesía que se nota en el más pobre español. Estuvimos expresivos con semejante huésped, y por antojo de caprichosa caridad le dimos algunas monedas de plata, un pan de trigo blanco y un vaso de nuestro excelente vino de Málaga.

Él lo recibió con gratitud, pero sin ninguna muestra de servil adulación. Probando el vino lo levantó por alto, mirándolo al trasluz con cierta expresión de asombro, y luego, bebiéndoselo de un trago: «Ya hace muchos años -dijo- que no he probado vino igual a éste. Es un excelente tónico para el corazón de un viejo.» Después, contemplando el panecillo que se le había ofrecido, añadió: «¡Bendito sea tal pan!». Le invitamos a que lo comiese allí mismo: «No, señores -respondió-; el vino lo he bebido con vuestro permiso; pero el pan me lo llevo a la casa para compartirlo con mi familia.»

Nuestro Sancho nos miró, e interpretando a seguida nuestro asentimiento, dio al anciano una parte de las abundantes sobras de nuestra merienda, con la condición de que se sentase a tomar un bocado.

Sentose, pues, a corta distancia de nosotros, y empezó a comer despacio, con sobriedad y con la delicadeza propia de un hidalgo. Había, en verdad, cierto modo mesurado y tal tranquila serenidad en el anciano, que me hizo creer que habría disfrutado de mejores días; además, su lenguaje, aunque sencillo, era de vez en cuando pintoresco y de una poética fraseología.

Creí ver en su interior a un arruinado caballero, pero me equivoqué; no había más que la innata cortesía del español y los giros poéticos de la fantasía y del lenguaje usado comúnmente por las clases bajas de este pueblo de viva imaginación. Nos contó que durante cincuenta años había sido pastor. «Cuando era joven -decía- nada podía dañarme ni afligirme: siempre me encontraba bueno, siempre alegre; pero ahora tengo setenta y nueve años, y soy pobre y mi corazón empieza a abandonarme.»

Sin embargo, todavía no era un completo mendigo, pues hacia poco que había venido a aquel estado de degradación; nos hizo una conmovedora pintura de la lucha entre el hambre y la dignidad cuando las miserables privaciones se apoderaron de él. Volvía de Málaga sin dinero; no había probado bocado desde algún tiempo, y cruzaba uno de los más dilatados llanos de España, donde había muy pocos albergues. Cuando casi desfallecía de necesidad, se acercó a la puerta de una venta: ¡Perdone usted por Dios, hermano!, le dijeron (que es el modo usual de despedir a un pobre en España). «Yo me fui -continuó- con más vergüenza que hambre, pues mi corazón era demasiado orgulloso todavía.

Dirigime, pues, hacia un río de profundas márgenes e impetuosa y rápida corriente, y estuve tentado a arrojarme a él. ¿Para qué quiere vivir un viejo miserable y desgraciado como yo? Mas, cuando estuve al borde de la corriente, me acordé de la Santísima Virgen y volví atrás mis pasos. Anduve errante, hasta que divisé un cortijo situado a corta distancia del camino, y penetré en el portal exterior que daba al patio. La puerta estaba cerrada, pero había dos señoritas en una ventana; me acerqué y les pedí una limosna: ¡Perdone usted por Dios, hermano! Y cerraron la ventana.

Me salí del patio flaqueándome las piernas; pero el hambre me rindió y me faltó el valor; pensé que había llegado mi última hora, y me tendí en la puerta, encomendándome a la Santísima Virgen y cubriéndome la cabeza para morir. A poco de esto vino a recogerme el amo de la casa, y viéndome acostado en su puerta, tuvo piedad de mis canas, metiome en su casa y me dio de comer.

¡Vean ustedes, señores, por qué tengo puesta mi confianza en la protección de la Virgen!»

El anciano iba camino de su pueblo natal, Archidona, que se halla situado en lo alto de una escarpada y áspera montaña. Señalando con el dedo las ruinas de su vetusto castillo árabe: «Aquel castillo -nos dijo- estuvo habitado por un rey moro en tiempo de las guerras de Granada. La reina Isabel lo sitió con un gran ejército; pero el infiel la miraba desde su castillo junto a las nubes y se reía con desprecio. En esto se apareció la Virgen a la reina, y la guió juntamente con sus tropas por una misteriosa vereda de las montañas, que nunca después se ha vuelto a encontrar.

Cuando el moro la vio venir quedó estupefacto, y, saltando con su caballo por un precipicio, se hizo pedazos. Las huellas de las herraduras de su caballo -prosiguió el viejo- todavía se pueden ver en el borde de la roca; y véanlo ustedes, señores: aquél es el camino por donde la reina y sus soldados treparon; véanlo ustedes como una cinta por la falda de la montaña; el milagro consiste en que se ve a cierta distancia; pero a medida que uno se acerca va desapareciendo.»

El ideal camino que nos señaló es, sin duda, una faja arenisca de la montaña que se distingue perfectamente dibujada y marcada desde lejos, pero que de cerca se borra y desaparece.

La-Alhambra-de-Granada

Luego que el ánimo del viejo se reanimó con el vino y la merienda, se puso a contarnos cierta historia de un misterioso tesoro escondido debajo del castillo del rey moro, junto a cuyos cimientos estaba su propia casa. El cura y el notario soñaron tres veces con el tesoro y fueron a excavar al sitio indicado en sus ensueños, y su mismo yerno oyó el ruido de los picos y azadas cierta noche. Lo que ellos se encontraron nadie lo ha sabido: se hicieron ricos de la noche a la mañana, pero guardaron su mutuo secreto. Así, pues, el anciano tuvo a su puerta la fortuna; pero estaba condenado a vivir perpetuamente de aquel modo.

He notado que las historias de tesoros escondidos por los moros, que prevalecen tanto en España, son muy corrientes entre la gente menesterosa. ¡De tal suerte la benévola Naturaleza consuela con la fantasía la falta de recursos: el sediento sueña con fuentes y fugitivas corrientes; el hambriento, con fantásticos banquetes; el pobre, con montones de oro escondidos! ¡Nada hay, en verdad, más espléndido que la imaginación de un pobre!

La última escena que referiré es una velada en la pequeña ciudad de Loja. Éste fue un famoso apostadero fronterizo beligerante en tiempos de los moros, que hizo frente a Fernando desde sus murallas; fue la guarida del viejo Aliatar, sueño de Boabdil, desde donde este fiero veterano se lanzó con su yerno a una desastrosa correría que concluyó con la muerte de su jefe y la prisión del monarca. Loja está agrestemente situada en un quebrado paso montañoso a orillas del Genil, entre rocas y montañas, y jardines, y la población parece conservar todavía el intrépido espíritu de fiereza de los tiempos pasados.

Nuestro mesón estaba en relación con el sitio. Hallábase al frente de él una joven y hermosa viuda andaluza, cuya adornada basquiña de seda negra con franjas de abalorios dejaba ver los encantos de sus graciosas formas y de sus torneados y flexibles miembros. Su andar era firme y delicado; sus ojos, negros y llenos de fuego; y la coquetería de su porte y los variados adornos de su persona indicaban que estaba acostumbrada a que la admirasen.

Hacía la hembra buena pareja con un hermano suyo, casi de su misma edad, y eran ambos tipos perfectos de majo y maja andaluces. Él era alto, vigoroso y bien formado, de color aceitunado claro, negros y chispeantes ojos y rizadas patillas de pelo castaño que se unían por debajo de la barba. Estaba donosamente vestido con una chaquetilla corta de terciopelo verde, ajustada a su talle, y ricamente adornada con botones de plata, con un blanquísimo pañuelo en cada bolsillo.

Llevaba calzones de lo mismo, con hileras de botones desde la cadera hasta la rodilla, pañuelo de seda color de rosa al cuello, sujeto con una sortija sobre la pechera de la camisa, admirablemente rizada; faja alrededor de la cintura para que hiciera buen contraste, botines de cuero encarnado, elegantemente trabajados y abiertos por la pantorrilla, enseñando sus medias; y, por último, zapatos que dejaban ver un pie muy pulido.

Luego que estuvo un rato en el zaguán llegó un jinete y trabó con él formal conversación en voz baja. Venía vestido por el mismo estilo y casi con el mismo refinamiento, y era un hombre como de unos treinta años, de complexión vigorosa y de rígidas facciones romanas, guapo, aunque ligeramente picado de viruelas, y con aire franco, audaz y algún tanto atrevido. Su poderoso caballo negro hallábase adornado con borlas y caprichosos jaeces, y llevaba un par de bocachas colgando por detrás de la silla. Mostraba el aire de uno de esos contrabandistas que he visto en las montañas de Ronda. Sin duda alguna, tenía gran confianza con el hermano de mi posadera, y -si no me equivoco- era el predilecto admirador de la viuda.

En suma, la posada entera y sus huéspedes tenían cierto aspecto contrabandista, y los trabucos andaban en un rincón al lado de la guitarra. El jinete que he descrito pasó la noche en la posada y cantó algunos picarescos aires de la Serranía con mucha gracia. Cuando estábamos cenando, dos pobres asturianos se acercaron, mendigándonos míseramente alimento y posada. Habían sido asaltados por los ladrones al venir de una feria por las montañas; les habían robado un caballo en que llevaban todo su capital comercial; los despojaron del dinero y de sus ropas; los habían maltratado por haber hecho resistencia, y los dejaron casi desnudos en la mitad del camino. Mi compañero, con espontánea generosidad, natural en él, les pagó la cena y una cama, y les dio una cantidad de dinero para ayudarles a volver a sus casas.

Más entrada la noche se aumentaron los personajes del drama. Un hombre como de sesenta años, de fornida y vigorosa naturaleza, entró impertérrito hacia adentro a charlar con mi posadera. Vestía el ordinario traje andaluz, pero llevaba un enorme sable debajo del brazo, con largos bigotes, y ostentaba un marcado aire de valentón. Parecía como que todos le miraban con gran respeto.

Nuestro Sancho nos dijo en voz baja que era don Ventura Rodríguez, el héroe y campeón de Loja, famoso por sus proezas y por la fuerza de su brazo. En tiempos de la invasión francesa sorprendió a seis soldados que estaban dormidos: ató primeramente sus caballos, y, después les acometió sable en mano, matando a uno y haciendo prisioneros a los demás. Por este hecho de armas le señaló el rey una peseta diaria y fue dignificado con el título de Don.

Me gustaba observar su ampuloso lenguaje y ademanes. Era un perfecto andaluz, muy pagado de su bravura. Tan pronto tenía el sable en la mano como debajo del brazo; lo llevaba constantemente consigo, como una niña lleva una muñeca; le llamaba su Santa Teresa y decía que cuando lo sacaba «temblaba la tierra».

Permanecí hasta hora bastante avanzada contemplando las varias conversaciones de este abigarrado grupo, donde hablaban todos con la poca reserva propia de una posada española; tuvimos canciones de contrabandistas, historias de ladrones, hazañas de guerras y leyendas moriscas. El fin de fiesta estuvo a cargo de nuestra hermosa posadera, y consistió en una poética relación de Los infiernos de Loja, tenebrosas cavernas en cuyos subterráneos hacen un misterioso ruido corrientes y cascadas de agua. El vulgo cree que hay allí encerrados monederos falsos desde tiempo de moros, y que los reyes moriscos guardan sus tesoros en estas cavernas.

Podríamos llenar las páginas de esta obra con los incidentes y sucesos de nuestra accidentada expedición, si fuera éste el objeto de ella; pero perseguimos otro fin. Prosiguiendo nuestro viaje, salimos de las montañas y entramos en la deliciosa vega de Granada. Aquí hicimos la última merienda, a la sombra de unos olivos y a orillas de un riachuelo, con la vieja ciudad morisca en lontananza, coronada por los picos de Sierra Nevada, brillante como la plata.

El día estaba sin nubes y el calor del sol atemperado por las frescas brisas de la montaña; después de la comida tendimos nuestras mantas y dormimos nuestra última siesta, acariciados por el zumbido de las abejas entre las flores y por los arrullos de las palomas torcaces en los cercanos olivares. Cuando pasaron las horas del calor emprendimos de nuevo la marcha; y, después de haber pasado por entre vallados de pitas y chumberas y por un laberinto de huertas, llegamos, al ponerse el sol, a las puertas de Granada.

puertas de Granada

puertas de Granada

Para el viajero inspirado en lo histórico y en lo poético, la Alhambra de Granada es un objeto de tanta veneración como la Kaaba o Casa Sagrada de la Meca para los devotos peregrinos musulmanes. ¡Cuántas leyendas y tradiciones verídicas y fabulosas, cuántos cantares y romances amorosos, españoles y árabes, y qué de guerras y hechos caballerescos hay referentes a aquellos románticos torreones! El lector comprenderá fácilmente nuestra alegría cuando, poco después de llegar a Granada, el gobernador de la Alhambra nos dio permiso para residir en las habitaciones vacías del Palacio morisco.

Mi compañero fue pronto llamado por los deberes de su cargo oficial; pero yo permanecí de intento algunos meses en el viejo Palacio encantado. Las siguientes páginas son el resultado de mis abstracciones e Investigaciones durante tan deliciosa permanencia. ¡Si ellas pudiesen comunicar algo de los fascinadores encantos de este sitio a la imaginación del lector, éste no podría menos de apesadumbrarse de no haber pasado conmigo una temporada en los legendarios salones de la Alhambra!

Fuente: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/90251735431269485732457/p0000001.htm#I_2_

¡Click aquí para regresar a la página de inicio del blog!

Anuncios
Categorías: Cuentos de la Alhambra | Etiquetas: , , , , ,

Navegador de artículos

Los comentarios están cerrados.

Blog de WordPress.com.

EL RINCÓN DE PENSAR

Expresa tus emociones

La paseata

Pasear no es dar la lata, ni nada raro ni feo, siendo por La Paseata, por donde das el paseo.

Ramrock's Blog

Politicamente MUY incorrecto

CalcuttaTadka

Its All About daily dose of tadka

Un bosco nella mente

Sogna sempre in grande

iScriblr

Life hacks, fashion and beauty tips, celebrity updates, health gyan and profuse knowledge about everything and anything under the sun!

Vestio Alonieco

Bestasalvaxe

lodín y lauda

(portfolio)

Interiorismo y decoración

Creando proyectos de vida

La Chica de Octubre.

"La vida es literatura y todos somos, en cierta medida, escritores".

kobo73

Lee y conducirás, no leas y serás conducido.

Love, Write, Amaze

Know the World, Explore, Express it here..

Sensaciones de Bolsa

El blog de Santos Lorenzo

Calaveras Conurbanas

La literatura y el periodismo están en las calles, podés agarrarlos si querés

Acolitar | Literatura & Arte

Libro en Línea | Relatos Semanales

Yo al Natural

Me gustan los perros, #Comunicologa, impaciente, el baile y la fiesta me llaman, pocos pero buenos amigos.

fountain hues

the journey of a poetry

Joaquín Ramón Franco López

Expresión de lo que pienso, siento y se me ocurre.

HEALTHY LIFESTYLE

I CAN'T CONTROL EVERYTHING IN MY LIFE, BUT I CAN CONTROL WHAT I PUT IN MY BODY.😎🍓🍍🍇🍑🍐🍉🍈🍏🍊🍋🍅🍎🍌🍠🍢🍥

REBEL VOICE

Ireland's Independent Media Centre

Sobrevivir a Trabajar en Casa

Trabajo en casa, ¿Tú también? ¡Bienvenid@! ¿No trabajas casa pero quieres saber de qué va la historia? ¡También eres bienvenid@!

LAS PALABRAS DE JAVIER

VIVE LA VIDA, NO DEJES QUE TE VIVA A TI.

Voces entre huizaches de

hadas, yeguas, magas

Entre Libros

Blog literario

El Gran Lector Literario

Aprende cómo llegar a ser un gran lector literario de la mano de un escritor.

MaBeautility

Inner beauty and outer beauty!

Songs of my soul

Las palabras que rompen corazones y reparan almas. Las pesadillas más horribles ocurren con los ojos abiertos.

Tauqeer Ahmad

Cricketer, Student of Commerce, Blogger, i write what i feel. Twitter @tauqeerrao1

The Essence Within

Glorious both in spirit and in the letter

El sabañon

Blog de Adrián Gastón Fares, director de cine y escritor argentino (nacido en Buenos Aires, Lanús)

Anokhi Roshani

Everything In Hindi

EL HERALDO DE JOSE LOBO

Escribo y transmito siempre sobre realidades existenciales. Hay demasiadas como para perder mi tiempo en ficciones.

Pasiones de una chica

Para todas l@s que adoran viajar e ir de compras :)

swati

The best vision is insight

Binoweb Tecnologia

Um mundo de informação e Tecnologia

YazBuz

Bilgi Meta Değildir

Seema Mehra

Fashion | Travel | Food | Lifestyle | Motivation & Inspiration❤

Poli Impelli

Palabras, voces, abrazos infinitos... y yo.

A %d blogueros les gusta esto: