Juan Antonio Corretjer* (1908-1985)


Poesía de Juan Antonio Corretjer

Poeta, narrador, ensayista, periodista y activista político puertorriqueño, nacido en Ciales en 1908 y fallecido en San Juan de Puerto Rico en 1985. Humanista fecundo y polifacético, cultivó con acierto y audacia los géneros literarios más diversos para alcanzar, habiendo partido de la corriente poética integralista, una honda preocupación por las raíces criollas de su pueblo y, en general, por la identidad nacional y el espíritu patriótico de los pobladores de la isla antillana. Su constante defensa de los grupos sociales menos favorecidos se puso de manifiesto no sólo en su amplia y variada producción literaria, sino también en una activa militancia política que, sostenida con vigor y entusiasmo durante toda su vida, le convirtió en una de las figuras señeras de la intelectualidad puertorriqueña del siglo XX.

Vida y actividad política

Alentado desde su temprana juventud por unos ideales cívicos que cifraban su razón de ser en la emancipación política y social de su país, cuando apenas contaba dieciocho años de edad se trasladó a la capital de Puerto Rico y entró en contacto con los diferentes sectores de la vida pública que trabajaban en pro de la consolidación del espíritu nacionalista de su pueblo. Pero, desalentado por los conflictos de intereses espurios que afloraban en los grupos de poder dominantes en San Juan, al cabo de dos años decidió renunciar a sus ideales políticos y emigró a los Estados Unidos de América, para establecerse en Nueva York en 1928.

En la metrópoli norteamericana, el joven Juan Antonio Corretjer entabló amistad con otros emigrados de origen hispano que lograron devolverle el entusiasmo por la lucha política, como los impulsores de la Liga antiimperialista de las Américas (comprometidos por aquel entonces en la denuncia de la injerencia estadounidense en las soberanías nicaragüense y haitiana), que le animaron a ingresar en las filas de su organización. Así lo hizo el futuro escritor, quien, ya definitivamente recuperado para la militancia política, regresó a su isla natal en 1930 y se afilió al Partido Nacionalista, en el que, cuando apenas había transcurrido un mes desde su ingreso, ocupó el cargo de secretario administrador a las órdenes del presidente de la formación Pedro Albizu Campos (quien, tras las persecuciones desatadas contra los nacionalistas, acabaría siendo considerado apóstol y mártir de la idea de patria libre).

En las filas del Partido Nacionalista, Juan Antonio Corretjer desplegó una intensa actividad política que pronto le convirtió en una de las figuras protagonistas del devenir histórico de su nación. En abril de 1932 tomó parte activa en el denominado “asalto al Capitolio”, acción llevada a cabo por un grupo de militantes nacionalistas que irrumpió en esa cámara estadounidense para impedir la aprobación de unas leyes que pretendían convertir la bandera nacional puertorriqueña en el emblema oficial de un territorio que los norteamericanos ya consideraban como una colonia. Dos años después, en compañía del citado Albizu Campos, apoyó in situ la huelga de los trabajadores de la caña, para emplearse al cabo de pocos meses en la representación de su formación política, en calidad de delegado del Partido, en diferentes congresos y asambleas nacionalistas celebrados por todo el ámbito geo-cultural del Caribe (República Dominicana, Cuba, Haití, etc.). Así las cosas, a finales de 1935, tras la cruel Matanza de Río Piedras (en la que, el día 24 de octubre, un batallón de policías acribilló a balazos a un grupo de militantes nacionalistas en las inmediaciones de la citada universidad), Juan Antonio Corretjer se vio obligado a cumplir con el penoso deber de identificar y reclamar los cadáveres de sus camaradas asesinados, con lo que su protagonismo dentro del Partido Nacionalista cobró una inesperada relevancia, pronto reforzada por el inmediato exilio del presidente de la formación.

La violenta persecución desatada contra los nacionalistas adquirió proporciones dantescas a comienzos del año siguiente, cuando el día 23 de abril de 1936, en venganza de sus correligionarios vilmente ejecutados en Río Piedras, los activistas Elías Beauchamp y Hiram Rosado atentaron contra la vida del jefe de la policía puertorriqueña, el coronel E. Francis Riggs, quien resultó muerto en dicha acción. Sus ejecutores se entregaron voluntariamente en el Cuartel General de San Juan, donde la dotación allí destinada procedió a asesinarlos de inmediato. En medio de esta gravísima tensión, la Corte Federal de Puerto Rico decretó el arresto sumario de todos los militantes nacionalistas, al tiempo que instaba a Juan Antonio Corretjer -en su condición de Secretario General de la organización- a que entregara a las autoridades los libros de actas del partido, en los que constaban abundantes informaciones sobre todos sus afiliados. El humanista de Ciales se negó con rotundidad al cumplimiento de esta exigencia, por lo que dio con sus huesos en presidio el día 2 de abril del citado año de 1936. Recluido en la cárcel puertorriqueña de La Princesa, su privación de libertad fue la causa de que salvara la vida al año siguiente, cuando el día 21 de marzo de 1937 otro batallón policial abrió fuego de forma indiscriminada contra una marcha pacífica de nacionalistas que reclamaban la excarcelación de sus compañeros.

El 7 de junio de 1937, los miembros de la Junta del Partido Nacionalista que habían sido detenidos y encarcelados en La Princesa fueron trasladados a la Prisión Federal de Atlanta, en el estado norteamericano de Georgia, donde Juan Antonio Corretjer permaneció encerrado por espacio de un lustro. En junio de 1942 fue puesto en libertad, pero bajo la orden de que se abstuviera de regresar a su país natal hasta que las autoridades políticas puertorriqueñas le otorgasen licencia para hacerlo. Se abrió, así, en su agitada trayectoria vital un período de exilio que le condujo primero a la ya conocida ciudad de Nueva York (en donde conoció a la que habría de ser su compañera sentimental, Consuelo Lee Tapia) y, posteriormente, a la capital cubana, en la que residió hasta mediados de 1946.

El día 4 de junio de 1946, nueve años después de haber sido expulsado de Puerto Rico, Juan Antonio Corretjer abandonó la Habana para volver a pisar su tierra natal, donde pronto volvió a significarse por su valiente conciencia cívica, que ahora le llevó a afiliarse (junto a su compañera) en el Partido Comunista Puertorriqueño. El despiadado acoso desplegado por las autoridades contra los miembros de la formación nacionalista de la que había sido Secretario General el humanista de Ciales había provocado que muchos de sus militantes fueran a buscar refugio entre las filas de dicha organización comunista, que pronto se convirtió en el mejor estandarte político del nacionalismo puertorriqueño. Tanto era así que, en marzo de 1948, cuando aún no se habían cumplido dos años desde su ingreso en el Partido Comunista, Juan Antonio Corretjer y Consuelo Lee Tapia fueron expulsados de esta agrupación, bajo los cargos de haber practicado nacionalismo y prédica de naturaleza insurreccional“.

Animal político por naturaleza, el escritor puertorriqueño no permaneció mucho tiempo fuera de la vida pública de su país, ya que en el transcurso de aquel mismo año de 1948 solicitó su ingreso en las filas de un nuevo partido, Unión del Pueblo Pro Constitucional, única organización del panorama político puertorriqueño que, a la sazón, desde su ideología izquierdista y antiimperialista, incluía en su programa la exigencia de la liberación nacional. Apoyado por sus nuevos camaradas y por antiguos compañeros del Partido Nacionalista que también habían hallado acomodo en Unión del Pueblo Pro Constitucional, Juan Antonio Corretjer continuó desplegando una eficaz labor nacionalista que, por su relevancia, volvió a costarle un período de encarcelamiento. En efecto, el día 30 de octubre de 1950 estalló una nueva insurrección nacionalista, y al día siguiente Corretjer fue arrestado y puesto en presidio bajo la acusación deincitación al motín“.

Al término de esta segunda etapa de reclusión, que le mantuvo entre rejas durante casi dos años, el político y escritor de Ciales decidió volcar todos sus afanes patrióticos en su actividad cultural, por lo que se sirvió de los cauces de la literatura y el periodismo para seguir difundiendo sus ideas no sólo por su isla natal, sino a través de todo el área caribeña. Así las cosas, se granjeó pronto un dilatado prestigio intelectual que le condujo, en 1959, hasta la vecina isla de Cuba, donde ejerció como enviado especial del rotativo El Mundo para informar del triunfo de la Revolución castrista. En su nueva sede de la Habana, Corretjer entabló amistad con el revolucionario argentino Ernesto “Che” Guevara, lugarteniente de Fidel Castro durante la guerrilla en Sierra Maestra y, tras el triunfo de la Revolución, ocupante de altos cargos en la nueva administración estatal cubana (director del Instituto Nacional de Reforma Agraria, ministro de Economía, director del Banco Nacional de Cuba y ministro de Industria). La ideología marxista y antiimperialista difundida por el “Che” caló hondamente en las inquietudes políticas de Juan Antonio Corretjer, quien a partir de entonces se inclinó de forma decisiva hacia los postulados de la izquierda y abrazó la causa del Socialismo. A su regreso a Puerto Rico, imbuido en el espíritu marxista, continuó desplegando una intensa actividad política que, además de convertirle en el líder de la Liga Socialista de su país natal, le acarreó nuevas persecuciones, detenciones y privaciones de libertad. A pesar de ello, siguió terne en la defensa de sus postulados ideológicos hasta el momento de su muerte, que le sobrevino en la capital de Puerto Rico cuando contaba setenta y siete años de edad.

Obra literaria y periodística

Periodismo

En 1927, un año después de haberse instalado en San Juan, Juan Antonio Corretjer comenzó a cultivar el periodismo en las páginas del rotativo La Democracia, donde pronto se reveló como un agudo observador de la realidad política y social del país. Desdeñando el costumbrismo trivial y el enfoque sensacionalista que hacía furor entre otros compañeros de oficio, el joven periodista de Ciales se distinguió por una serie de reportajes primerizos en los que dejó patentes su capacidad para el análisis de la actualidad y su firme compromiso ideológico con la causa nacionalista. Estos trabajos iniciales, pronto extendidos a otros medios de comunicación nacionales y extranjeros, le otorgaron un merecido prestigio intelectual que, en una segunda etapa de su labor periodística, le permitió desarrollar labores de mayor calado en la prensa, como la de editorialista, columnista y fundador de periódicos y revistas. Fueron muy celebradas y leídas en todo el ámbito antillano sus columnas tituladas “Museo” (difundida entre las páginas de Gráfico de Puerto Rico a comienzos de los años treinta), “Notas políticas” (en Puerto Rico Ilustrado, hacia 1937), “Perfiles y estampas” y “Viñetas” (en la publicación neoyorquina Pueblos Hispanos, entre 1943 y 1944), y “Laurel negro” (en el cotidiano El Mundo, hacia finales de la década de los cincuenta). En todas estas columnas, así como en sus centenares de comentarios editoriales y en los diversos periódicos y revistas que puso en circulación a lo largo de su fecunda trayectoria en el mundo de la prensa centroamericana, Juan Antonio Corretjer dejó plasmadas sus inquietudes políticas y sus preocupaciones sociales, sin incurrir por ello en un periodismo panfletario que hubiera ido en menoscabo de la riqueza literaria y la profundidad analítica de su prosa. Porque, al margen ya de sus contenidos -permanentemente imbricados en la ideología defendida por el autor a lo largo de toda su vida-, los artículos, reportajes y comentarios de Corretjer ocupan por méritos literarios una de las cumbres más elevadas del periodismo hispanoamericano contemporáneo, y se destacan por ello como una de las facetas más cultivadas del conjunto de su producción intelectual. Su prosa, adecuada siempre a la naturaleza del texto, se muestra en estos escritos plena de agilidad expresiva, vigor denotativo y brillantez artística, con ciertos tonos de afirmación viril que buscan subrayar la contundencia de las ideas que envuelve.

Ensayo

Como complemento y desarrollo analítico de las ideas expuestas en sus escritos periodísticos (y, al mismo tiempo, como culminación de ese brillante estilo literario que le sitúa entre los grandes articulistas hispanoamericanos de todos los tiempos) debe entenderse la producción ensayística de Juan Antonio Corretjer, en la que se dan cita no sólo la precisión, claridad y concisión inherentes al lenguaje periodístico, sino también la amplitud fabuladora que anima su prosa de ficción y la elegancia de recursos técnicos y expresivos manifiesta en su quehacer poético. Obras de madurez estilística y consolidación de sus planteamientos ideológicos, los ensayos del escritor de Ciales figuran también a la cabeza de la mejor prosa reflexiva escrita en Puerto Rico durante el siglo XX, y revelan la vastedad de saberes e inquietudes que dieron forma a la rica peripecia intelectual de su autor. Entre los títulos más granados que aportó al género, cabe citar El buen borincano; autos de fe, esperanza y rebeldía (Nueva York: Biblioteca Bohique, 1945), Lloréns: juicio histórico (Nueva York, 1945), La Revolución de Lares (1947), La lucha por la independencia de Puerto Rico (San Juan, 1949), Contestación al miedo (1954),Futuro sin falla (1963), Albizu Campos (1969) y La historia que gritó en Lares(1970). En estas obras aparecen varios textos que, como los titulados “Mito, realidad, antillanía” y “Mitología del Grito de Lares”, constituyen algunas de las indagaciones más lúcidas y emotivas de cuantas se han imprimido acerca de la historia y la identidad nacional puertorriqueñas.

Narrativa

En su faceta de narrador, Juan Antonio Corretjer sobresalió principalmente por su maestría en el complejo género del relato, mérito que le incluye en la brillante generación de prosistas puertorriqueños que, hacia la década de los años treinta, cultivaron con especial fortuna la narrativa breve hasta elevar el cuento a la máxima dignidad literaria. Entre estos autores figuraron, al lado del escritor de Ciales, algunos nombres tan destacados como Emilio S. Belaval, Enrique A. Laguerre, Tomás Blanco, Vicente Palés Matos, Aníbal Díaz Montero, Gustavo Agraity Ernesto Juan Fonfrías, junto a otros prosistas menores que, sin embargo, escribieron relatos magníficos, como Antonio Oliver Frau (1902-1945), Tomás de Jesús Castro (1902-1970), Carmelina Vizcarrondo (1906), Washington Lloréns (1900), Julio Marrero Núñez (1910-1982), Néstor A. Rodríguez Escudero (1914) y Amelia Agostini del Río (1896).

La mayor parte de los cuentos de Corretjer, escritos a comienzos de los años treinta y durante su destierro político en Nueva York, vieron la luz entre las páginas de los periódicos y revistas en los que colaboraba asiduamente el polígrafo de Ciales, como Gráfico de Puerto Rico, Puerto Rico Ilustrado, El Mundo y, sobre todo, el hebdomadario neoyorquino Pueblos Hispanos, donde alcanzó gran notoriedad literaria el pseudónimo de “Emeterio Montes”, elegido por Corretjer para firmar sus narraciones breves. Seis años antes de su desaparición, el escritor puertorriqueño decidió recopilar algunos de estos relatos -dispersos, como el resto de su producción cuentística, en antiguas publicaciones periódicas- en un volumen titulado El cumplido: narraciones arbitrarias (Río Piedras: Antillana, 1979), de cuya selección, prólogo y glosario se encargó el crítico literario Ramón Felipe Medina López, uno de los más conspicuos estudiosos de su obra. Del análisis de las narraciones incluidas en este libro se desprende que, al igual que ocurriera en sus escritos periodísticos, la prosa de Juan Antonio Corretjer trabajó en ellas al servicio de sus postulados sociopolíticos, sin permitir por ello que el denso contenido ideológico de cada uno de los relatos eclipsara la dimensión estética exigible a cualquier invención artística.

Entre los temas más recurrentes en el conjunto de su narrativa breve, cabe citar la denuncia de las duras condiciones socioeconómicas en que se desenvolvía la vida de aquellos compatriotas suyos que poblaban las zonas rurales, los extrarradios de los grandes núcleos urbanos y los barrios hispanos de Nueva York (que, en la pluma de Corretjer, aparecen descritos como auténticos ghettos); la exaltación del independentismo frente a dependencia colonial norteamericana de Puerto Rico; y la proclama de la libertad política universal, plasmada en diferentes episodios de la reciente historia hispanoamericana que comprenden desde la dictadura de Gerardo Machado en Cuba hasta la ocupación estadounidense de Nicaragua. En estos referentes históricos y en otros episodios forjados por su imaginación creadora, el narrador de Ciales hace gala de unas extraordinarias dotes descriptivas que logran reflejar a la perfección los ambientes y los tipos humanos característicos del ámbito caribeño, en una proteica variedad genérica que deja traslucir la fecunda formación libresca recibida por el autor, manifiesta en las diversas formas que adquieren sus distintos relatos: mito, leyenda, poema popular, relato oral, discurso político, cuento fantástico, etc.

Respecto a los procedimientos formales de la prosa de ficción de Juan Antonio Corretjer, llama poderosamente la atención su extraordinaria soltura a la hora de manejar las más variadas técnicas que nutren el discurso narrativo contemporáneo, desde el recurso a las innovaciones aportadas por el lenguaje cinematográfico hasta la urdimbre de estructuras narrativas que rehúyen los formatos convencionales del arte de contar, pasando por otros procedimientos técnicos tan arriesgados como el monólogo interior, la mirada retrospectiva, la interpolación de historias dentro de otras historias, el juego simultáneo con diferentes niveles de acción, la mutación repentina de los tiempos verbales y la confusión intencionada de ingredientes reales y ficticios. Al amparo de este fecundo alarde de recursos técnicos, Corretjer exhibe también su asombroso dominio de todos los registros del lenguaje, dando lugar a que la deslumbrante riqueza de su prosa progrese -en función de la naturaleza temática, la ambientación o la extracción social de los personajes de cada relato- con igual soltura y eficacia por la lisura y sencillez características de los niveles coloquial y vulgar del lenguaje, o por los tortuosos vericuetos específicos de los planos lingüísticos más elevados.

Poesía

Aunque la calidad literaria y la importancia histórica de la poesía de Juan Antonio Corretjer ha aconsejado su amplio tratamiento en el apartado final de esta semblanza bio-bibliográfica, conviene empezar por advertir que, en realidad, su dedicación al cultivo de la lírica marcó, junto a la entrega de sus primeros artículos periodísticos, los comienzos de su larga y prolífica trayectoria como escritor. En efecto, el joven autor de Ciales irrumpió en el panorama poético de Puerto Rico en la década de los años veinte, período en el que por fuerza se hicieron notar en sus composiciones primerizas los influjos de las principales corrientes líricas que estaban en boga por aquellos tiempos, como el tardo-romanticismo, el modernismo (en otras latitudes, ya superado por las nuevas tendencias postmodernistas) y, desde luego, los primeros ecos de la Vanguardia que comenzaban a llegar al subcontinente americano procedentes de Europa. Pese a estas notorias influencias, lo cierto es que los primeros versos de Corretjer preludian ya, a través de algunas composiciones tan afortunadas como “Pero a pesar de todo” y “Regresemos a la montaña”, la adscripción del poeta de Ciales al criollismo nuevo (o neocriollismo) que se extendió vertiginosamente por todo el área cultural caribeña en la década de los años treinta. Dentro de esta anchurosa corriente hay que enmarcar, en efecto, las dos primeras colecciones de versos que dio a la imprenta Juan Antonio Corretjer, tituladas Agüeybana (Ponce, 1932) y Amor de Puerto Rico (San Juan, 1937), poemarios en los que la contemplación de las formas de vida y las costumbres de la población criolla no se limita -como en las obras de tantos otros poetas que abrazaron el criollismo- a servir de mero pretexto para la creación literaria, sino que persigue idénticos fines de denuncia a los puestos de relieve en el resto de su producción impresa. No cabía esperar otra actitud estética -y, desde luego, ideológica- en un poeta que, como Juan Antonio Corretjer, aprovechaba el tirón de la moda neocriollista para establecer un contacto directo con el campesinado de su patria (de un modo muy señalado, con el relegado a las duras condiciones geográficas de la montaña) y elaborar, a partir de los ecos de denuncia que consigue ampliar la palabra poética, una proclama cívica que instaba a los marginados y desheredados a revolverse contra sus opresores.

A esos dos títulos que abrieron la bibliografía poética de Juan Antonio Corretjer siguieron otros dos poemarios que, todavía pertenecientes a su proceso de formación como poeta, intensificaron las preocupaciones criollistas que habrían de mantenerse como una constante temática -y una de las principales señas de identidad de su poesía- a lo largo de toda su trayectoria lírica. Se trata de las colecciones de versos tituladas Los primeros años (escrita en 1948, pero publicada en 1950) y Tierra nativa (de 1949, aunque editada dos años después de su fecha de redacción), obras que, aunque insertas aún en el citado período de desarrollo y consolidación de su voz poética, manifiestan ya en muchas de sus composiciones la plenitud creadora de quien estaba llamado a convertirse en uno de los principales bardos de las Letras puertorriqueñas.

Dicha plenitud quedó nítidamente plasmada en la primera entrega de su poesía de madurez, Alabanza en la Torre de Ciales (San José de Costa Rica, 1953), una encendida exaltación patriótica cuyo aliento épico no tiene parangón en la lírica puertorriqueña contemporánea. A las composiciones recogidas en este cancionero, escritas hacia 1950, les siguió un extenso poema que Juan Antonio Corretjer pergeñó en marzo de 1951 durante su encierro en la prisión de La Princesa, elaborado con materiales procedentes de la conciencia política y el sentimiento amoroso, y publicado al cabo de seis años bajo el título de Distancias (1957). Fueron aquéllos años de intensa actividad poética, que arrojaron otros frutos tan notables como los poemarios Don Diego en El Cariño (escrito en 1955 y publicado al año siguiente) y Yerba bruja (de 1956, pero impreso en 1957). En el primero de ellos, todo el vigor emocional y el colorido plástico del criollismo estallan a lo largo de los cinco romances que lo componen, para ofrecer una sentida remembranza de la figura del padre del poeta; en Yerba bruja florecen en todo su esplendor los elementos de la cultura amerindia de los taínos que Corretjer ha ido integrando en su poesía criollista, pero desde un singular enfoque que supera la mera reivindicación indianista o indigenista para buscar las raíces de la auténtica identidad nacional puertorriqueña en los orígenes indígenas de la isla; de ahí que buena parte de la crítica especializada haya situado esta parcela destacada de la poesía de Corretjer, más allá del criollismo a usanza, en la estela del integralismocultural.

Las composiciones poéticas escritas por el autor de Ciales a finales de los años cincuenta vieron la luz, a comienzos de la década siguiente, entre las páginas del poemario titulado Genio y figura (1961), un vistoso ejercicio de invención lírica, virtuosismo formal y belleza expresiva que aunó ciertas evocaciones autobiográficas de Corretjer con otros elementos colectivos procedentes del folclore antillano. En Construcción del Sur (escrito entre 1961 y 1965, pero dado a los tórculos en 1972), el humanista puertorriqueño siguió explotando el rico filón criollista para llevar al papel algunas de las más bellas recreaciones del paisaje sureño de su patria. Y, como equilibrada compensación de esta exaltación local, enPausa para el amor (compuesto entre 1965 y 1967, y publicado en este último año) volvió los ojos a su antigua experiencia vanguardista en busca de una renovación de la poesía nacional que permitiera asimilar, junto a las audacias experimentales de aquella época, las novedades que llegaban desde otras literaturas extranjeras. Alentado, en aquella década de los setenta, por una segunda juventud creativa, continuó entregado con fruición a la escritura para dar a la imprenta otras colecciones de versos tan notables como Canciones de consuelo que son canciones de protesta (1971), Aguinaldo escarlata (1974) y Para que los pueblos canten(1976), títulos que, como los que habían ido forjando su dilatada andadura poética, vieron de nuevo la luz en el volumen recopilatorio Obras completas: poesía (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1977), que apareció prologado por José Luis Vega. A comienzos de los años ochenta, ya septuagenario, el poeta de Ciales publicó Poesía y revolución. Laurel negro (Río Piedras: Qease, 1981), con selección y prólogo a cargo de Joserramón Melendes.

 

Bibliografía

  • MEDINA LÓPEZ, Ramón Felipe: Juan Antonio Corretjer, poeta nacional puertorriqueño, San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1984.

JRF.

Autor

  • J. R. Fernández de Cano.

Fuente: http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=corretjer-juan-antonio

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